Florencia y Sofía Böhtlingk
Te dominaré lentamente
2013
De cómo la gente de inviernos fríos sobrevive a sus trópicos
Por Juan Tessi
"Augusto no se dará cuenta que se ha transformado en dios por alguna sensación radiante o por el poder de hacer milagros, sino cuando soporte sin asco la proximidad de una bestia salvaje, tolere su olor y los excrementos de que lo cubrirá (...) Las mariposas vendrán a acoplarse sobre tu nuca y cualquier suelo te parecerá suficientemente bueno para dormir; ya no lo verás, como hasta ahora, todo erizado de espinas, bullente de insectos y de contagios".
Claude Lévi-Strauss
Dicen que en esa franja tupida y espesa que circunvala la tierra, llega un momento en el que todo te da exactamente lo mismo. La gente que ha pasado por ahí suele hablar del calor, de la neblina, de la humedad sobre la que se duerme, del olor a tabaco dulce, del enrojecer de los ojos de tanto beber y de los ataques de furia que llegan al paso de unos meses. Los colonos, delatados por sus ojos claros, cuentan que hay personas que no tienen la capacidad de soportar las temporadas de tormenta ni sus vapores nacarados. Hay quienes incluso la comparan con una enfermedad que provoca ardor, intensidad, confusión y, para quienes se sobreponen, culmina en una meseta de indiferencia. Entonces, si entendemos esta especie de letargo más como una herramienta de arraigo que como una etapa de abulia, uno se dará cuenta que quizás el trópico no sea una región si no un estado.
Florencia se mueve con su jungla a cuestas. A diferencia de los extranjeros que resisten su paso por las colonias aferrándose a la literatura de climas gélidos (como en la pintura donde Agustín lee a Dostoievsky), ella hace del follaje su idioma. Domina la exuberancia a través de las formas dándole orden a lo impenetrable. Solo llegan a ese grado de síntesis aquellos que han aprendido a captar la manera en que todo se desvanece a la distancia, porque han atravesado el vaho soporífero del monte y entienden perfectamente el efecto que tiene esta niebla sobre los árboles. Sus atardeceres continúan plenos de verde y de garzas y ya no se observan con la euforia del turista o el explorador novato. Es que en Florencia la fiebre del trópico ha tomado la forma de mil bocetos, estudios detallados de arroyos, cascadas y flores de plátano. Sus personajes, como ella, han devenido oriundos el minuto que se contagiaron del color y las geometrías de la tierra. >br> Pensemos en el estado febril de estas latitudes como un pasaje hacia la naturalización. El sol evapora la resistencia y la razón se hace trizas por el hastío. Se resigna la puja entre dominar y ser dominado, y quienes pueden cruzar este umbral somnoliento, en el que el cuerpo frente al calor reduce sus gestos a lo más mínimo, empiezan a reconocer impulsos repetitivos que son actos reflejos. En las pinturas de Sofía se percibe el pensamiento mecánico de quienes sobreviven este trastorno transformándolo en un mandato: por la tarde se fabulan noches frescas; el machete despeja la bruma con naturalidad zigzagueante; las marcas se aran como el mantra enceguecido con el que cultivan los lugareños y la mano se mueve espantando moscas con los espasmos de la cola de un caballo. Sofía se entrega enajenada a la bella tarea del movimiento, indiferente a la ebullición de este trance, atravesando sus telas con el mismo deambular sistemático de aquellos que logran encontrar en su trópico un ritmo.